En el corazón del Reino del Baño gobernaba el sabio rey Plato de Ducha, conocido en todos los rincones de la casa como el Rey Extraplano.
No era un monarca elevado sobre escalones ni murallas incómodas. Había decidido, hacía ya muchos años, permanecer cerca del suelo para facilitar el acceso a quienes más protegía: el príncipe y la princesa de la casa.
—Un verdadero rey no obliga a sus herederos a tropezar para alcanzar su reino —decía con serenidad.
Gracias a su forma extraplana, los jóvenes príncipes podían entrar fácilmente en el recinto real sin levantar apenas los pies, evitando tropiezos innecesarios y peligrosas caídas. El acceso era cómodo, suave y seguro, como si el propio suelo los invitara a pasar.
A su lado permanecía siempre el caballero Mampara.
Transparente. Vigilante. Leal hasta el último tornillo.
Mientras el rey ofrecía accesibilidad y estabilidad, Mampara protegía la integridad del reino. Conservaba el equilibrio de humedad y temperatura necesario para mantener intactas las nobles propiedades antideslizantes del monarca.
Porque incluso el más resistente de los reyes podía deteriorarse si era abandonado.
Mampara controlaba el vapor, protegía al rey del desgaste prematuro y sólo permitía el acceso al príncipe y a la princesa de la casa.
Cada mañana abría lentamente sus puertas de cristal.
—El reino está preparado. Podéis entrar sin temor.
Y así ocurría.
Los jóvenes cruzaban el acceso extraplanado del rey sin obstáculos ni riesgos, mientras el agua templada caía como lluvia pacífica sobre el reino protegido.
Y el resto del baño, el pueblo llano formado por baldosas, muebles y paredes, permanecía intacto, lejos de humedades, filtraciones y del temido moho que arruinaba otros reinos descuidados.
Porque el Rey Extraplano comprendía algo que pocos monarcas entienden:
la grandeza no consiste en estar más alto que los demás, sino en facilitarles el camino sin que tengan que caer.
